Travesía en una caja de fósforos

¿Buen viaje?. Tomada de Papelisimo
¿Buen viaje?. Tomada de Papelisimo

Es probable que cualquier cubano de a pie que lea estas líneas haya experimentado la sensación de estar como sardinas en la lata cuando de viajar en un transporte público o en los de los porteadores por cuenta propia se habla. A mi experiencia personal en estas lides ahora sumo la vivencia de haber viajado en una caja de fósforos.

Les cuento: desde Tapaste, poblado donde vivo, hasta San José de las Lajas, primera escala del trayecto cotidiano hacia mi trabajo, el recorrido matutino de aproximadamente 7 kilómetros puede realizarse  en los ómnibus de algunos centros laborales. Hasta ahí todo normal.

La cuestión comienza a complicarse cuando esos ómnibus fallan. Entonces las opciones se limitan: lanzarse a la aventura de alcanzar una “botella” o escudriñar en la cartera hasta encontrar cinco pesos salvadores o lo que es lo mismo: el boleto de arribo a la mitad de mi camino.

Y he aquí el punto donde comienza la odisea, pues viajar en las conocidas “camionetas” resulta una prueba a la paciencia y la resistencia. Exceso en el pasaje (que aumenta con las frecuentes paradas) y el riesgo que implica para la seguridad en la vía; un recargado pasillo, todos apiñados, incluso quienes tuvieron la suerte de alcanzar un puesto sentados; la letanía incómoda del ¿conductor? que hace gala un optimismo magistral y convoca a acomodarse, caminar al fondo, porque cabemos más; el sospechoso ronroneo del motor…

¿Para qué seguir con la lista?  Algunos días no queda más opción que montar, cruzar los dedos y esperar tener un buen viaje.

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